VIOLENCIA Y SEXISMO EN LAS MANIFESTACIONES LITERARIAS
- TIGRE MARIPOSA

- 5 feb 2019
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 22 jul 2022
De grandes eventos literarios a pequeños escritos pululantes.
Hace unos días llegaron a mí algunos poemas bastante interesantes. Con excelente bagaje lingüístico, métrica y ritmo, narraban minuciosamente encuentros eróticos solventados en el maltrato físico proferido contra una mujer, como detonante activo del elogiado placer. Inmediatamente los leí, supe que la cordialidad permisiva no debía sobreponerse al profundo desagrado que me producía tal veneración a la violencia.
“Es sólo poesía, yo sólo mato mosquitos”, me dijo el sorprendido poeta cuando le manifesté las razones por las cuales no aprobaba su obra, aun cuando estaba muy bien estructurada; a lo que respondí que no estaba mal expresar la sexualidad con fuerza, pero me correspondía mencionar el poder inmenso que tiene el arte sobre las colectividades y las individualidades; influenciando su construcción de pensamiento y, por tanto, incidiendo directamente sobre el accionar de su comportamiento.
Validar y exaltar cualquier tipo de violencia, aunque sea poéticamente, es perpetuar aún más la indiferencia y la arrogancia frente a las problemáticas que desangran nuestras sociedades. No es coherente, por poner un ejemplo, repudiar la pedofilia y al mismo tiempo escribir o disfrutar de lecturas que la promuevan y la exalten; como tampoco lo es autodenominarse intelectual, y afiliarse simultáneamente a contenidos o ideas que atropellen el desarrollo cognoscitivo social, negándose a descentralizar los absurdos estatus de poder, que nocivamente se siguen prolongando. De este modo, comprender que todo tipo de violencias y abusos que se efectúen contra una mujer son deplorables, y participar también, de cualquier modo, en actividades que los propulsen, es rotundamente incongruente.
La responsabilidad que implica la difusión de pensamiento no debe ser desestimada por ningún argumento. Pero, ¿Cuál sería entonces la labor del arte, y en este caso de la literatura, para transformar los falsos y peligrosos ideales que siguen proponiendo estereotipos errados y fomentando las violencias? Esta, es una apelación a una transformación desde las entrañas, a una concepción renovada de lo que sería poético, artístico, conceptual y sensible.
Visto bajo la mirada de otra anécdota, que sucedió a la ya mencionada; en la tarde de ayer asistimos con una gran amiga, también amante de la literatura, a un evento celebrado en un prestigioso Café Librería del centro de la ciudad, dirigido y moderado por un reconocido psicólogo, editor y escritor. Se trataba de una conferencia que tenía como eje central la vida y obra del célebre escritor argentino, Jorge Luis Borges. El lugar era cálido y agradable, aunque estar de pie entre tantas fotografías de rostros exclusivamente masculinos, una al lado de la otra, me resultaba intimidante e incómodo. Hubiera sido gratificante ver expuestas también las fotos de mujeres como Saturia Esguerra y Mónica de Greiff, junto a todos los demás juristas emblemáticos de Colombia.

Durante el transcurso de la conferencia, se exaltaron los pilares metafísicos europeos, desestimando los valores intelectuales propios de latinoamérica, se sobrevaloraron las anécdotas comunes y se usó la voz del autor en mención para proclamar pensamientos personales. Pero hubo un comentario en particular que colmó mi paciencia, no sólo por su impertinente suelo argumentativo, sino por el espacio en el que fue proclamado, recibiendo la aprobación pasiva, incómoda y risueña de la mayoría de los espectadores. En un tono muy particular, el locutor se refirió a Borges como un gran amante de la vida, quien, al igual que él, le agradecía a esta por haberle dado siempre buenas mujeres; como quien agradece a la vida las buenas oportunidades, las buenas adquisiciones, las buenas mascotas.
En este punto, cabe recordar que el arte, como cualquier otra manifestación humana, NO es un lugar de poder exclusivamente masculino; así que, continuar estableciendo los parámetros, roles y sentidos sociales que éste propone, desde las dinámicas y visiones hegemónicas de un género en función del otro, es continuar prolongando la cosificación de lo que se entiende por el otro, en este caso, la mujer. Por otro lado, perpetuar el falso empoderamiento de las mujeres, a partir de la aceptación del postulado que las afilia a los lugares de sumisión y función, que violentamente la tradición les ha impuesto, tales como la idealización, la sensualidad, la sexualidad y el irracionalismo; intentando persuadirla de luchar una arquetípica batalla en donde acepta la objetivización de su cuerpo y esencia, a cambio de la obtención de espacios de participación y aprobación social; es tanto o más repugnante que las pasadas desigualdades culturales.
En este sentido, hago un llamado urgente a los y las ponentes y organizadores de este tipo de eventos, a ser más cuidadosos y responsables con el tipo de información e ideales que difunden. A nosotros, como escritores y escritoras, artistas y también asistentes, a la reflexión activa frente a los contenidos que consumimos. Y por último, a los cafés, librerías, sitios virtuales y demás epicentros culturales, a revisar cuidadosamente el diseño de sus espacios, para propiciar ambientes que promuevan la inclusión y dignificación de mujeres y hombres, con ecuanimidad.





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